Un año ha...

 A veces me gustaría saber si las maneras que conozco de aislarme de la realidad atroz 

son en realidad un refugio  o una manera de intentar adaptarme a ella padeciendo el menor dolor posible. 


Si entendemos que al mundo hemos venido única y exclusivamente a sufrir, sin valorar las esencias, los pequeños detalles que nos hacen felices sin ser conscientes ¿Qué sentido tiene? 


Quizás ese sentido no existe:

hemos decidido que todo tiene que tener un camino que sigue libros ya escritos. 


Puede que todas las respuestas se encuentren en esa ausencia,  lo que no se impone es lo que aporta a la vida su calidad de milagro, sin que haya mano de Santo ni Dios (con sus múltiples nombres) de por medio. 


El saber que estamos de paso debería dotarnos de prisa, de ganas de hacer lo que nos causa mariposas en el estómago, por lo que nos hace sentirnos vivos de puertas para adentro,

no para ser esclavos del reloj desde que nos levantamos sin tiempo para ver el amanecer. 


Son las pequeñas acciones las que cambian el mundo, porque “nada hay más poderoso que una idea”:


la única idea inamovible con la que convivo es que el sol saldrá mañana.  

El resto es prescindible. 


Si me aferro a algo, es a lo que se mantiene ardiendo dentro de ese reloj, 

no somos de donde no da pasado el tiempo,  


si no de donde se pasa tan rápido que parece que huye, 

recordándonos que nuestro tránsito es efímero. 


Ahí es. Ahí soy.

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